Nuestra mayor capacidad auditiva se da al nacer y al morir

 

 

Hoy, queremos compartir con todos vosotros «la Contra» de la Vanguardia, magnífica entrevista realizada a Paulo Lameiro.

 

Pañales, amor y música

Era un campesino que tocaba la trompeta en la banda de su pueblo. Cuando a los 18 años llegó al conservatorio de Lisboa, le dijeron que no servía para la música. Es etnomusicólogo (fundador del Consejo Científico del Instituto de Etnomusicología de la facultad de Humanidades de Lisboa), inves­tigador y pedagogo. Tras ­dirigir el Conservatorio Nacional de Lisboa, creó la escuela de arte SAMP, de la que han salido interesantes proyectos como Músicos en Pañales (cursos para bebés) y conciertos de música clásica para bebés, lo pudimos apreciar en el Palau de la Música. Trabaja en hospitales con niños autistas, prematuros y con personas terminales. Explica con pasión sus investigaciones y cuando habla de su proyecto de Opera in Prison se refiere a los presos por sus nombres.

 

Yo tocaba la trompeta en la banda de mi pueblo y mis papás me decían que era un gran músico, pero cuando llegué al conservatorio de Lisboa el maestro que me examinó me dijo: “Tú, jamás”. Me formé como barítono.

¿Le hundió?

Sí, y decidí montar una escuela para bebés, para que empezaran temprano y ese sentimiento que yo tuve de fracaso no volviera a repetirse.

¿Escuela para bebés?

Trabajé con Edwin Gordon, uno de los grandes investigadores musicales, que demostró que el momento de la vida en la que los humanos tenemos mayor capacidad auditiva es al nacer.

El feto conoce el mundo por los sonidos.

Sí, hasta los 18 meses es nuestro universo y marca toda nuestra vida sonora. Cuando en 1996 empezamos a ofrecer conciertos para bebés comprobamos que son capaces de distinguir entre buenos y malos músicos.

¿Cómo lo sabe?

Por tres parámetros: cuando escuchan algo que les interesa la respiración se bloquea, abren más los ojos y babean. La respuesta de los bebés cambia claramente cuando escuchan tocar a alumnos primerizos o a buenos instrumentistas.

¿Y qué autores prefieren?

También hicimos estudios sobre eso, ¿qué prefieren, Mozart o Stravinski?… Con Stravinski obtuvimos tiempos de abertura ocular, de bloqueo de la respiración y cantidad de baba superior a muchos otros compositores porque la complejidad de las estructuras sonoras en la música del siglo XX es superior a la del XVIII.

Increíble.

Pero sobre todo un bebé está interesado en la música que le gusta a su mamá, porque desde que era un feto está conectado con su actitud psicofísica, oye sus latidos, percibe la presión sanguínea y le llegan las hormonas que segrega la madre cuando está tranquila o alterada.

Pero sus conciertos son de música clásica.

Porque ningún otro lenguaje musical tiene tanta diversidad de estructuras. Y el cerebro procesa cinco veces más sinapsis cuando escucha el mismo sonido acústico en vivo que enlatado o a través de amplificador.

¿Los bebés no se cansan, gritan y lloran?

Nuestros conciertos son de 45 minutos en una sala con ochenta bebés desde siete días hasta tres años, y la mayoría no lloran; lo hacen ­cuando tienen sueño, hambre, dolor o la mamá está ansiosa; cuando eso ocurre, le damos el ­bebé a uno de los intérpretes y se calla.

También trabajan en hospitales.

En las clases para bebés hacemos escalas con la sílaba pa: “Papapa Brrr, papa, Brrr”. Una pediatra del hospital observó que algunos niños autistas empezaron a comunicarse repitiendo esa sílaba y me llamaron. Música es salud.

¿Por qué?

La neurociencia ha demostrado que algunos sonidos tienen impacto en lo psicofísico, por ejemplo la vibración de un instrumento musical rítmico disminuye la sensación de dolor.

A su ya apretada agenda hospitalaria añadió los enfermos terminales.

Trabajamos en la unidad neonatal con bebés prematuros. Algunos no salen adelante. Una mamá que conocía nuestro equipo,Allegro Pediátrico , nos pidió que tocáramos en el momento de la desconexión, y la historia se repitió.

Y de los niños pasaron a los abuelos…

Vamos a los asilos todas las semanas y tocamos con ellos y con los familiares que asisten, y vamos a las habitaciones de los abuelos que no son autónomos y a los que están en cuidados paliativos. Sus hijos nos llaman cuando agonizan y acudimos como si fuéramos bomberos.

¿Mueren escuchando su canción?

Lo más importante es hacer música con la familia, armonías muy sencillas que son como mantras. Lo hacemos en asilos, hospitales y en casas particulares. Se trata de recuperar la dignidad del momento más importante de la vida, para quien parte y para quien se queda.

¿El moribundo percibe la música?

El oído es el último sentido que se apaga. Y sabemos que la percibe porque su temperatura corporal y el color de la piel cambian y se eriza el vello. Y no mueren solos, el mayor temor.

Opera in Prison es otro de sus proyectos.

Trabajamos dentro de la prisión con los reclusos y fuera con sus familiares. Todos juntos, ­incluidos el director de la prisión y los vigilantes, cuando están preparados, cantan Mozart acompañados de una gran orquesta y actúan en el Gran Auditorio de Lisboa.

Es bastante increíble.

La mamá vuelve a confiar en su hijo, los familiares vuelven a visitarlos, el empresario reconoce la calidad profesional y humana de ese preso, la actitud de la dirección y de los guardas de prisión cambia: han dejado de llamarlos por un número, y los llaman por su nombre.

¿Y el resultado artístico?

No tienen una voz extraordinaria, pero tienen una experiencia vital muy superior a cualquier cantante profesional, sienten Don Giovanni en propia carne: impacta verlos. Algunos ni saben leer, tenemos muchos africanos, pero memorizan hora y media de ópera en italiano.

Hoy la prisión de Leiria tiene sala de conciertos.

…Y la gente acude a escuchar ópera. La música nos conecta.

 

Paulo Lameiro, musicólogo y pedagogo

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