El sentido del dolor – Arjuna Tortosa Centro de Salud Integral

El dolor. La dolencia y el doliente. La aflicción y el sufrimiento.

¿De qué hablamos cuando hablamos de dolor? ¿Lo siento yo más que tu? ¿Cómo lo podemos
medir? ¿De dónde me viene este dolor, del interior o el exterior? ¿Y dónde lo siento, en la mente o
en el cuerpo? ¿Qué me quiere decir este profundo dolor? ¿Cuál es el sentido del dolor?

 

El dolor, una estrategia biológica inteligente

Muchas preguntas para responder, sobre todo cuando se trata de dolor. Y es que el dolor es
indefinible pese a su evidencia. La primera de las cuatro nobles verdades del budismo tibetano es
que la naturaleza de la vida es sufrimiento. Que el dolor y el sufrimiento existen. Que el nacimiento,
la vejez, la enfermedad y la muerte, son sufrimiento.
Por eso, quizás a nadie que sienta dolor le calmará este escrito. Por eso y porque ningún sediento
calmará su sed hablándole del agua. El doliente tiene una sola pregunta: ¿cuál es el sentido del
dolor? O mejor dicho, ¿tiene sentido este dolor?

Dolor y sufrimiento se encuentran estrechamente unidos, pero no son lo mismo. El dolor es natural, nos pertenece como el aliento y tiene como fin avisarnos de que algo va mal para ayudar a
protegernos de otro daño adicional. No así el sufrimiento, que quizás a pesar de todo encierre el
valioso tesoro de la invitación a la superación y al aprendizaje. El sufrimiento influye en la manera
en que el cuerpo percibe el dolor, y así, a mayor sufrimiento, más bajo estará el umbral del dolor, y
más insoportable se volverá. Al reconocer la intensidad del sufrimiento y recibir el regalo de su
aprendizaje, también estamos haciendo más tolerable y tratando el dolor.

¿Representa el dolor una estrategia biológica inteligente o constituye un error de la evolución? Si el
dolor es un lenguaje será necesario reconocer su significado. El organismo se defiende, se adapta, el dolor crónico hace parte de la estrategia adaptativa del organismo, de su programa. El dolor no se puede abordar simplemente desde el punto de vista local. Es siempre un circuito integrado. No hay dolores locales. Con suerte los analgésicos suprimen parcialmente el dolor pero, además de sus efectos secundarios, no resuelven el origen de la enfermedad.

Mientras que el dolor agudo actúa como síntoma y tiene un carácter protector, el dolor crónico es
una enfermedad per se y constituye en sí mismo una enfermedad. Cuando el cuerpo se convierte en enemigo aparecen el resentimiento y la rabia. Cuando la persona identifica la fuente externa del
dolor responderá con agresividad e ira, pero cuando el dolor viene de dentro lo hará a través de la
queja y la irritación depresiva. En los niños que presentan dolor abdominal o de otro tipo en
ausencia de una causa que lo explique, se observan elevados niveles de ansiedad y trastornos del
ánimo. En ocasiones el propio entorno refuerza la conducta del dolor, cuando padres y profesores
liberan al niño de sus responsabilidades, ajenos al carácter multidimensional que ofrece un cuadro
complejo donde interactúan las expectativas sobre el dolor, el grado de madurez intelectual y
emocional, el carácter del niño y los factores ambientales y valores culturales. El hallazgo de
ansiedad, depresión, aislamiento y baja autoestima es común en estos niños, probablemente
fomentados por una estructura familiar rígida, sobreprotectora y carente de una forma eficaz de
resolución de conflictos.

Las personas que presentan un temperamento especialmente sensible, como ocurre por ejemplo en la fibromialgia, hacen a estas pacientes especialmente vulnerables al estrés y al trauma, con un
acusado aumento de la sensibilidad al dolor. Que hasta el más suave estímulo se vuelva doloroso pone en evidencia el hecho de hasta que punto la experiencia de dolor es compleja e individual e
involucra aspectos sensoriales, emocionales y sociales, presentes y pasados.

Uno de los dolores más difundidos en nuestra sociedad es el de la columna vertebral, en todas sus
áreas, desde el cervical hasta el lumbar, generalmente debido al espasmo de los músculos
paravertebrales. La mayor parte de los episodios de dolor surgen de manera espontánea, sin un
traumatismo desencadenante. Numerosos estudios han puesto de manifiesto que la percepción del
dolor no se correlaciona tanto con las causas físicas como con los problemas psicológicos
subyacentes que arrastra la persona, el grado de estrés, ansiedad o depresión. Ello justifica la actual concienciación de profesionales y sociedad de ampliar la perspectiva de comprensión y curación de estas lesiones, incluyendo estrategias cuerpo-mente, un abordaje biopsicosocial, prestar atención al bienestar emocional, el apoyo social y la capacidad de controlar las circunstancias vitales.

Y el tema del control del dolor en pacientes terminales es un fenómeno complejo que implica
aspectos físicos, emocionales, sociales y espirituales. La ansiedad, la depresión y el miedo son
capaces de incrementar la percepción de intensidad de dolor y viceversa, ha sido probado que la
mejoría de los síntomas depresivos es capaz de reducir el dolor y favorece el estado funcional y la
calidad de vida, lo que nuevamente resalta la importancia de la psicoterapia y técnicas cuerpomente en el tratamiento integral de estos pacientes.

Pero el dolor tiene muchas caras. También puede ser vivido con placer, excitación y erotismo hasta
los mismos límites de la muerte. Y en el caso del parto, el dolor va ligado a una de las experiencias
más gozosas y significativas que la mujer puede tener a lo largo de toda su vida. La clave de la
experiencia de alegría y sensación física y emocional a veces de carácter transpersonal, viene ligada
a la separación del dolor del sufrimiento y permite a la mujer hacer frente a la situación de parto con entereza y plenitud. Y numerosos estados no ordinarios de conciencia alcanzan ese punto de
plenitud a través del dolor

El dolor como grito del cuerpo

Alrededor de un 12% de los adultos sufre dolor crónico, en España más de 4 millones de personas,
que consumen más de 150 millones de analgésicos al año. No podemos olvidar que el cuerpo
constituye el principal soporte del psiquismo y la identidad, y por tanto también de la percepción
del dolor. La psicosomática aclara la relación existente entre los conflictos psíquicos y el cuerpo
doliente. El ruido de órganos y sus funciones no permanecen ajenos al flujo de conciencia. Quizás
en nuestra condescendencia y acomodo no apreciamos la labor callada del órgano que no molesta ni perturba la expresión cognitiva y emocional, el despliegue de la creatividad y una vida sin
interferencias. Pero una queja amarga aparece cuando el fallo de su función nos priva de la libertad
de pensar y sentir, que antes, en su pleno disfrute, no apreciamos.

El sonar de los órganos, la escucha de su mensaje cifrado que alerta del dolor de los huesos como
expresión del miedo, del dolor de corazón y la tristeza, del dolor biliar y del hígado ligado a la
rabia, a la ira y la agresividad, el dolor digestivo de lo indigesto en mi vida… la enfermedad
codificada expresándose a través de la función biológica del órgano. El síntoma como mensaje en
busca de una solución. El dolor no es un objeto sino que pertenece al sujeto, a lo subjetivo, a la
experiencia afectiva que traduce la fisiología en conciencia y significado. El dolor es la señal por
excelencia que traduce el grito del órgano enfermo, es la llamada de la conciencia que reclama la
atención de todo el aparato psíquico alrededor del punto de dolor, en busca de significado.
El dolor físico como llamada y vuelta al propio individuo, como ejercicio de interiorización, como
ejercicio de reconocimiento de la propia identidad y la imagen. El papel del dolor como grito
cuando no se escuchan otras señales más sutiles. El dolor como pregunta, un interrogatorio
despiadado al que es preciso encontrar respuesta.

La neuralgia del trigémino es una de las afecciones más dolorosas que se conocen, un dolor
lancinante y eléctrico que lleva a la persona al anhelo de la propia muerte. Es un dolor que
literalmente destruye la vida, enajena y enfrenta al paciente con su propio límite. Constituye un
ejemplo extremo de como el dolor puede llegar a humillar a la persona y reducirla a una caricatura
de si misma. Devalúa a la persona hasta hacerla irreconocible y destruye su dignidad. El dolor
incapacitante impide la productividad y la eficacia, anula la evolución y el desarrollo de la persona
y lo devuelve a sus orígenes sin contemplaciones, a la desnudez del ser, sin lugar donde esconderse. Al existencialismo monstruoso de una verdad descarnada y doliente con las terminaciones nerviosas a flor de piel. El dolor degrada y corrompe, anula los esfuerzos de la razón y destruye el cuerpo y también la parte relacional, social y familiar…, y la sexual y la moral…, y el interés por la vida, la naturaleza y el conocimiento… es el gran destructor del sentido y del significado que no sea el mismo, relegando todo lo demás a un plano que carece de toda relevancia.

La injusticia del dolor se recrea haciendo al individuo asocial. Le impide formar parte del grupo y le
aleja de la pareja, los hijos, la familia y el grupo. Rompe los vínculos con el exterior para apuntar de
forma urgente y exigente a la experiencia interior, abrasadora y punzante, sin piedad ni consideración. Y llegados al extremo rompe también los vínculos religiosos o espirituales preexistentes y todas las grandes verdades sostenidas hasta el momento se desmoronan ante la devastadora amplitud de sus estragos. Las emociones se diluyen y desaparece el conocimiento, el intelecto, el afecto, el juicio, la amistad y el amor. El dolor hace aflorar la fragilidad y la debilidad y produce angustia y hace surgir el miedo. La estrategia del dolor como maestro obsesivo y exigente del presente es apagar el futuro y borrar el pasado. El dolor conduce a la depresión a través de uno de sus caminos más seguros: la pérdida de control sobre uno mismo y el entorno, la enajenación, la indefensión y el desvalimiento.

La mayoría de expertos abogan porque es preciso abandonar la falsa idea del dolor bienhechor y se
muestran rotundos a la hora de afirmar que el dolor carece de sentido alguno. Arguyen que el dolor
raras veces dignifica o ennoblece, sino que suele ser destructivo física, psicológica y socialmente.
Que siempre es inútil, empobrece al hombre y hace del espíritu más luminoso un ser acorralado,
replegado sobre sí mismo y concentrado sobre su mal. Sin embargo, y por más ciertas que sean esas afirmaciones, no evitan que una ciencia sin sujeto no tenga objeto. La experiencia del dolor es única de la persona y pertenece de lleno al ámbito de sentimiento del sujeto. Alentados por los aparentes avances tecnológicos vivimos como grandes consumidores de analgésicos, silenciando las llamadas de un cuerpo que nos grita en pos de escucha y atención. Instrumentalizamos la vida y el ser al servicio de la productividad y lo superficial, alejándonos del significado, la dimensión profunda de las cosas y la conciencia. El dolor corporal produce una hiperestesia, una sensibilización a todos los niveles, también emocionales. Numerosos pensadores han reclamado el hecho que el dolor agudiza la conciencia y da profundidad y significado a la experiencia, supone el abandono del deseo y la conexión con el presente, un aquí y ahora concentrado en el punto de máximo dolor. En condiciones extremas el dolor puede llevar al colapso, que pone en marcha los
mecanismos de seguridad que acompañan la insoportabilidad, siendo entonces posible alcanzar elevadas cotas de conocimiento y la emergencia de estados no ordinarios de conciencia y experiencias transpersonales. Es el otro lado del espejo, el dolor como foco de iluminación, de lucidez y expansión de la conciencia.
La forma en que nos relacionamos con el dolor dice mucho de nosotros mismos. A pesar de que
cuando aparece absorbe toda la energía y nada más tiene valor, y su ruido apaga el funcionamiento
de la mente y se convierte en el gran usurpador de la identidad del sujeto, sin embargo también el
dolor devuelve al ser al territorio de la conciencia, despierta una sensibilidad inigualable, con una
agudeza extraordinaria sobre cosas que de otra forma no podríamos percibir.

Mirando de frente al dolor

Cuando el dolor ataca la identidad, destruye la integridad y rebasa el límite de tolerancia, ni siquiera una mente entrenada y poderosa es capaz de contener e integrar el dolor. Solo cabe intentar la transformación del dolor. El dolor no es incompatible con la alegría. Podrías morirte, pero que mueras con alegría; que te duela, pero que te duela con alegría. Existe una actitud positiva ante el sufrimiento y el dolor.

Nuestra sociedad y nuestra ciencia olvidan que todos los dolores crónicos se corticalizan y se
fomenta el escape, no la resistencia; la paliación, no la contemplación; el uso de fármacos no el
autocontrol. Hay dos grandes actitudes ante el dolor y el sufrimiento: intentar alejarlos de la
conciencia o pretender dominarlos. Al tratar de eliminar la conciencia de dolor, con técnicas y
procedimientos cognitivos de «distracción», se pretende «aislar» el componente sensorial del dolor,
para convertirlo en un fenómeno objetivo que pueda ser contemplado, desproveerlo de su carga
emocional y convertirlo en percepción pura. Por otro lado asumiendo actitudes positivas frente a la
experiencia de dolor se pretende enseñar al paciente a vivir con dolor, controlar su vida, modificar
ideas erróneas y abandonar conductas desadaptativas. Lo que se propone es el descarte de ideas
negativas de desesperanza y adoptar un papel activo frente al dolor inevitable. Cuando esto se
consigue y la persona empieza a vivir con normalidad, “como si” no tuviera dolor, la experiencia
misma del dolor disminuye o desaparece. Al conseguir conservar la calma y afrontar el dolor sin
alterarse, tener sosiego, el hombre se encuentra consigo mismo, lo que significa el auténtico triunfo
sobre la alteración o el enajenamiento.

Si asumimos la falta de sentido del sufrimiento y que el dolor crónico no puede ser comprendido,
quizás esta misma falta de sentido se convierta, paradójicamente, en el sentido del dolor, un sentido existencial que exige una respuesta. Lejos de esquemas pasados morbosos de sufrimiento, luchando contra todo aquello que disminuya al hombre, incluyendo la enfermedad y el dolor, aparece un nuevo horizonte más allá del dilema entre la lucha y la aceptación. Resistir en pie frente a un enemigo más fuerte, mantenerse firme frente a la adversidad, es una vía si no de resolución sí de disolución del monstruo amenazante y el modo de llegar a ser plenamente humanos. Se trata de una actitud de coraje frente al sufrimiento, soportar la mirada de la fiera sin pestañear, aceptar la vulnerabilidad como fortaleza y entregar el cuerpo y alma en el empeño. Dotar al sufrimiento de sentido a través del acto de la trascendencia que supone entregarse a la experiencia sin reservas, sin nada que ocultar, sin nada que temer, en una entrega absoluta y generosa.

Tomás Álvaro Naranjo.- Médico y psicólogo
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