¿Qué es y qué no es una enfermedad?

Hace pocos años se catalogaron aproximadamente unas 200 no-enfermedades y se puso de manifiesto el resbaladizo concepto de enfermedad (Smith R, 2002). Entre los procesos normales que nuestra cultura ha convertido en enfermedad se cuentan el nacimiento, el envejecimiento, la sexualidad, la infelicidad o la muerte, por mencionar solo unos pocos, todos los cuales por supuesto pueden ser medicalizados. Huelga decir que el sufrimiento de algunos pacientes portadores de no-enfermedades puede ser mucho mayor que el de aquellos con procesos patológicos reconocidos.

En el camino de creciente tecnificación médica, asistimos a un refuerzo de la medicalización y la obtención de ciertos beneficios económicos y sociales de ser etiquetado como enfermo. Los avances en genética abren la puerta a que prácticamente todo el mundo pueda ser definido como enfermo al encontrar los genes deficientes que predisponen a la enfermedad; las compañías farmacéuticas están especialmente interesadas en incrementar el uso de medicamentos como remedio a cualquier problema; y los tests y equipamientos de intervenciones de screening (PSA, mamografía, colonoscopias) no tienen fin.

En el proceso de decisión de qué tratar y qué no, cuándo y cómo, el médico moderno puede intentar implicar a los pacientes en la toma de decisiones de su propio manejo clínico, tras ofrecerles la información pertinente, bajo el supuesto de que ellos serán capaces de tomar lo que se llama una decisión informada. Pero aquí nos encontramos una paradoja más, ya que la información disponible no se muestra consistente con ese supuesto (Auerbach SM, 2000). En realidad, los pacientes aprovechan esa información como forma de estrechar la relación con su médico y mantener la esperanza, pero no como una base para tomar decisiones (Salander P, 2002). Es más, cuando el facultativo piensa que los pacientes han tomado una decisión, en realidad lo que estos sienten es que no tienen elección y simplemente muestran su conformidad con las recomendaciones del doctor (Elit L, 2003). Por si ello fuera poco, el consentimiento informado y la participación del paciente en la toma de decisiones que le afecten, choca con la medicina basada en la evidencia, además de con los criterios organizativos, clínicos o factores económicos de la organización (Salmon P et al, 2004).