El médico y la administración

Las instituciones administrativas se adjudican la representación de los pacientes. Sin embargo, estos tienen sus propios intereses, hacen sus propias elecciones, y pueden estar o no de acuerdo con las decisiones de los políticos. Y lo mismo podríamos decir de los médicos. La presunción de que médicos y políticos saben lo que la gente quiere o necesita dista mucho de la realidad. Una mayor precisión en los patrones de trabajo, protocolización y tecnificación, no es lo que los pacientes esperan ni desean, los cuales sufren confusión, cuando no irritación, de los detalles que se desprenden de esa forma de trabajo. Conforme aumenta la tecnificación, también aumentan los errores por un lado y los efectos secundarios por el otro. Quede claro que los modelos médicos basados en procesos de gestión se acompañan de una serie de beneficios como un incremento de la actividad, la mejora de la eficiencia y una mayor uniformidad. Sin embargo, el coste que ello representa es un sistema rígido, en conflicto con las convicciones y valores más profundos del profesional, tales como la autonomía, la solidaridad, la flexibilidad y la creencia en el conocimiento tácito. Además, el modelo científico-burocrático es incapaz de manejar la complejidad y la naturaleza dependiente del contexto de la salud y la enfermedad y depende principalmente de procesos externos, en contraste con un modelo más reflexivo y participativo, internamente motivado y más dependiente de la experiencia personal.

Una de las causas del descontento médico es la relación con gestores y administradores, descontento que refleja la disminución de la autonomía y la reducción de la proactividad del médico en su propio trabajo (Davies HT, 2003). El modelo de salud científico-burocrático se basa sobre un patrón de tipo proceso de gestión, más que sobre un patrón de motivación profesional.

Los administradores tienden a ser reactivos ante los problemas emergentes, más que proactivos en el desarrollo de objetivos. Los médicos se han mostrado obedientes y han asimilado rápidamente cambios con importantes consecuencias sobre la práctica profesional, incluyendo el control sobre el diagnóstico y el tratamiento, el volumen de tareas a desarrollar, las prioridades y la propia independencia en actividades de docencia, formación e investigación. El descontento del médico se ha globalizado de la mano de la sistematización del conocimiento, la introducción de métodos de medición del trabajo médico y la atención creciente a la remuneración económica. Todo ello ha supuesto una reducción substancial de la autonomía del médico y de su propia organización, colocándolo como una pieza más del protocolo con escasa capacidad de decisión. El restablecimiento de una autonomía responsable es invocado como el principio primario organizacional de trabajo clínico, capaz de motivar a los profesionales y encontrar un equilibrio entre la autonomía clínica y el uso juicioso de los recursos y su correspondiente transparencia administrativa.

Tanto médicos como gestores se muestran orgullosos de su pragmatismo. A veces, conseguir que la tarea se haga parece más importante que saber si está resultando útil o no. Con la siguiente paradoja, y es que cuanto más depende una sociedad de su sistema de salud, más probable es que sus habitantes se consideren asimismo enfermos (Sen A, 2002). Tal y como muestra el reciente estudio EUROCARE (Verdecchia A, et al, 2007), en el mundo occidental el manejo de algunas enfermedades como el cáncer y su supervivencia no es solo cuestión de dinero, ya que países con un apreciable menor gasto presentan iguales o mejores cifras que países con gasto más alto. Cuando menos estos datos invitan a la reflexión, todavía más en un momento en que la quilla del barco del bienestar de la sociedad occidental empieza a crujir ante la tormenta económica, la marea de la inmigración y el escollo del creciente envejecimiento de la población.