El médico en el sistema, una pieza más del protocolo

 

Desde hace tiempo el destino de los médicos ha sido determinado por políticos, burócratas, legisladores, medios de comunicación y los propios pacientes en general. La consideración del médico como artículo de consumo, como una pieza más del protocolo, supone pérdida de autonomía y frustración. El llamado síndrome de burn-out o del desgaste profesional, responde a esta situación en la que el médico se ve en manos de fuerzas externas, no controlables, con una profunda insatisfacción y autocrítica al cometer errores. Cabe añadir que en la actualidad los médicos están solicitando mayor capacidad de información, participación, gestión y organización de su propio trabajo, sin resultados claros hasta ahora.

Un nuevo contrato entre médico y paciente pasa por aceptar que el dolor, el sufrimiento la enfermedad y la muerte, forman parte del ser humano, como el placer, el bienestar y la vida. Los poderes de la medicina son limitados; los médicos no lo saben todo, y también ellos necesitan ayuda en sus decisiones y a veces soporte psicológico. Por su parte, los pacientes no pueden descargar sus problemas en los médicos y los políticos deben dejar de hacer promesas extravagantes y concentrarse más en la realidad (Smith R, 2001).

Resulta interesante comprobar que gran parte de la diferencia en que los médicos ven su trabajo y perciben su clima laboral reflejan diferencias individuales en su personalidad y estilo de aprendizaje (McManus IC, et al, 2004), diferencias que ya están presentes al inicio de la carrera. Los rasgos que parecen conferir ciertas ventajas son la extraversión, la apertura a la experiencia y el agrado o la simpatía; mientras que lo contrario, anuncia cierta propensión al burn-out.

Pero, hagamos una pequeña parada y vayamos al principio: ¿por qué estudiar Medicina?, ¿cuál es el interés y la motivación? McManus et al, 2006, y su grupo han dividido en cuatro factores principales las razones para estudiar Medicina. Son: 1) un componente de control, poder y experiencia técnica que haga tener la sensación de ser indispensable; 2) ayudar a la gente y desarrollar su capacidad de cuidar a los demás, con compasión, apoyo y servicio; 3) conseguir una posición social y de respeto con cierto status socioeconómico; y 4) la posibilidad de acceder a conocimientos científicos y hacer investigación. Estas motivaciones originales se asocian ya de entrada a diferencias en la motivación e interés de los aspirantes. Así, por ejemplo, el ayudar a los demás correlaciona con el agrado y la simpatía de la persona, mientras que la motivación científica correlaciona con la apertura a la experiencia. Veinte años después de haber acabado la carrera, las medidas de la personalidad de entonces correlacionan con los diplomas, los altos grados académicos y las publicaciones de investigación de ahora. Los tests de inteligencia, de habilidad o aptitud tomados entonces muestran una escasa habilidad predictiva (McManus IC et al, 2003), y no correlacionan con la satisfacción o el bienestar de los médicos con su profesión a largo plazo (McManus et al, 2005). Los logros educacionales y las capacidades intelectuales no son capaces de predecir ni el nivel de stress, ni el burn-out, ni la insatisfacción con el ejercicio de la carrera. Pero la selección de estudiantes de Medicina se realiza por las Universidades exclusivamente en función de criterios de inteligencia, sin tener en cuenta variables no cognitivas, habilidades de comunicación interpersonal, motivación o capacidad de empatía. Cabe añadir que, paradójicamente, la selección por criterios intelectuales se ha introducido de forma acrítica y sin evidencia de validez.

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