Los reinos de la vida

Tomás Álvaro

Vivimos tiempos que generan más preguntas que respuestas. Tiempos de sembrado que obligan a remover la tierra del surco fértil del conocimiento y la imaginación, donde ha de germinar mañana el fruto. La ciencia lleva más de 100 años sembrando paciente la misma pregunta: ¿qué es la mente…, cómo funciona el cerebro…, de dónde nace la consciencia…? Y todavía a fecha de hoy son más los interrogantes que las certezas, los campos por descubrir y estudiar que el territorio conquistado. Y a cada paso que damos y pequeño nuevo hallazgo, aparecen nuevos horizontes insospechados que amplían todavía más el terreno por explorar.

Todo parece indicar que las huellas de la evolución están en nosotros y se expresan en la mente, el cerebro y el cuerpo como unidades vibracionales de consciencia. Las vibraciones de baja frecuencia, los deseos, los instintos, la herencia animal, van dejando paso de forma lenta y pausada a vibraciones de más alta frecuencia que apuntalan un proceso de humanización cuya plenitud, a nuestro pesar, todavía se muestra lejana. Quizás haya llegado el momento de replantearnos a donde vamos y qué estamos haciendo. Durante algún tiempo hemos pensado que todo iba bien. El mundo del conocimiento y la técnica, la realización personal, los grandes logros sociales, culturales y económicos. Y sin embargo, henos aquí inmersos en una crisis sin precedentes! Cada día que amanece el titular de prensa es más alarmante que el del día anterior. Los “expertos” nos atemorizan con sus  autorizados y desastrosos pronósticos. Buscamos signos de “humanización” a nuestro alrededor, y lo que encontramos son grandes catástrofes, injusticia social, hambrunas, guerras repartidas por todo el planeta, al borde de una quiebra ecológica mundial. El mundo laboral, familiar, social, económico y el sistema de valores y creencias de  la sociedad occidental se resquebrajan hasta hacernos preguntar si todavía es posible apaciguar este caballo desbocado o si ya es demasiado tarde y solo podemos apartarnos y dejarlo reventar.

¿Conoce el ser humano cuál es la senda que ha elegido y a dónde le lleva? ¿Realmente es dueño de su pensamiento y de su destino? ¿Tanta técnica, intelecto y positivismo están dando los frutos esperados? ¿O bien nos encontramos ante un engaño manifiesto en que el traje nuevo del emperador nos atemoriza hasta hacernos dudar de nosotros mismos con tal de ajustarnos al viejo paradigma? ¿Es que acaso necesitamos una justificación, un fundamento científico y bien respaldado por la cognición para atrevernos a plantear la posibilidad de la inadecuación de nuestras ideas?

Quizás pudiera ser este un buen momento para echar un vistazo a la historia de la humanidad. Quizás el ser humano y sus estructuras sociales y culturales pudieran beneficiarse de cambios en el modo de vida y de pensamiento. Y quizás fuera bueno disponer de una perspectiva adecuada de cómo hemos llegado hasta aquí, cuáles han sido los hitos de la biología encarnada en nosotros, de qué manera funciona el mecanismo que nos conduce y cuál es la perspectiva de uso y mejora del mismo. Si somos dueños de nuestra mente y de qué manera la podemos ejercitar y mejorar.

¿Mente o cerebro?

Sabemos dónde encontrar el órgano físico al que llamamos cerebro. Pero no podemos hacer lo mismo con la mente. Hoy por hoy, simple y llanamente no  sabemos dónde ubicarla. En un ejercicio obligado de humildad solo nos queda reconocer que apenas disponemos de la capacidad de partir de una serie de hipótesis y contrastarlas de forma empírica con la tozudez de la realidad, la cual a menudo se niega a ser encasillada en nuestros todavía hoy primitivos constructos mentales. Podemos estudiar el cerebro a través de la técnica, la imagen, la analítica y la morfología macroscópica y microscópica. A menudo encontraremos un órgano estructural y molecularmente conservado que, sin embargo, acompaña a un ser que sufre, a una mente y un cuerpo que ha perdido su estado de equilibrio y de salud. Para profundizar en él, hagamos el ejercicio de desmontar este complejo órgano, fruto de la evolución filogenética de cientos de miles de años.

Más allá del cerebro la mente dirige la sensibilidad y la percepción corporal. Maneja emociones, pensamientos y experiencias. Y sin embargo esta es la cúspide momentánea de un camino de evolución que arranca muy atrás y que no ha terminado. ¿Podrá la mente llevar a la práctica la construcción de una nueva forma de pensamiento?

A la luz de la evidencia clínica diaria sobre la persona y la lectura epidemiológica de la salud mental de nuestra sociedad occidental, solo podemos apoyarnos en la promesa de posibilidades que reside en el interior del ser humano. Capacidades a la espera de ser despertadas, de superación y transformación, la evolución de la conciencia trascendental y transpersonal, más allá del conocimiento y de la propia persona. Una esperanzada creencia en la existencia de un sistema de adaptación y de visión ampliada. Quizás no quede tan lejos… experimentemos.

Ejercicio:

Estimado lector-a: le invito a que juegue por un momento a abrir su mano y prestar atención a la palma. Hágalo ahora.

Disfrute este momento con curiosidad y apertura, unos cuantos segundos…

Trate, por favor, de responder a la pregunta: ¿Qué es lo que siento?

Las posibles respuestas podrían ser algo así como “calor”, “un cosquilleo”, “una vibración”, “el latido del corazón en la palma de la mano”… y otras por el estilo.

El sentido de este sencillo ejercicio pretende poder comprender de forma rápida y sencilla como el hecho de centrar y conducir la atención de forma voluntaria a una parte del cuerpo constituye un tipo de experiencia. Además de a la mano, el lector puede jugar a llevar ahora su atención a las plantas de los pies, a la cara, al pecho… y recibirá ese tipo de sensaciones y percepciones de la localización elegida. Si pudiéramos profundizar a mayor detalle veríamos como el calor se corresponde con una pequeña vasodilatación de la zona. La activación del sistema nervioso vegetativo se acompaña de un incremento de sensibilidad sobre la misma. Hasta allí acuden más células del sistema inmune y sus citocinas, y más hormonas y otras moléculas. Y eso lo conseguimos simplemente prestando atención. Concentrando la atención en el mundo interior.

Si reflexionamos un poco nos daremos cuenta que realmente lo que hemos hecho es utilizar de forma consciente y voluntaria determinada parte de nuestro cerebro que nos permite afinar la percepción en la palma de la mano. Lo mismo podríamos decir cuando afinamos el oído… o el olfato… o el tacto en una caricia…  o paladeamos un sabor… o profundizamos en el sentido de unas palabras dichas o escritas con intención… o en el mensaje de un hecho social o cultural… En todas esas situaciones lo que estamos haciendo es manejar nuestro cerebro a voluntad. Dirigir la atención a aquella parte que queremos utilizar.

Esta forma tan sencilla de dirigir la atención abre la posibilidad de entrenar la zona cerebral elegida. Como lo hace el músico, el artesano o el taxista, que adquieren cierta precisa y preciosa habilidad. ¿Y si en lugar de una percepción física prestamos atención a nuestras emociones? ¿Y si lo hacemos ahora con nuestros pensamientos? Practicaremos esto después, pero ahora nos basta con darnos cuenta que disponemos de la posibilidad de observar nuestro mundo interior gracias a que el cerebro dispone de la capacidad de observarse y conocerse a sí mismo. Y ya podemos vislumbrar como el ser humano dispone de las herramientas que le permiten entrenar a voluntad estas capacidades. Estamos hablando de la tecnología de la consciencia. La posibilidad de cambiar la estructura del propio cerebro a través de la experiencia. Una experiencia que se puede guiar a voluntad a través de las simples herramientas de la intención, la atención y la concentración, como en el ejercicio que hemos hecho de la mano o el aprendizaje musical.

Para poder llegar a entender la función mental y aprender a modularla, antes necesitamos conocer, estimado lector-a, siquiera sea de forma básica, el hardware. La anatomía cerebral y de qué manera se ha ido desarrollando. Y porqué a lo largo de cientos de miles  de años, para llegar a ofrecer la herramienta actual, la más sofisticada y perfecta de cuantas haya en el Universo. Esa que reposa sobre nuestros hombros, conecta nuestras vísceras, le da sensibilidad a nuestra piel y brillo a la mirada. Echemos, por un momento, la vista atrás.

 

Continuará …..