Dr. TOMÁS ALVARO.- Médico y psicólogo

 

Que los corazones de la madre y de su hijo sincronicen el ritmo cuando están cerca es otra de las maravillas que nos ofrece la naturaleza.

 

Las tortugas entierran sus huevos en la tierra para cubarlos. El momento de la eclosión es crítico, ya que las crías no cuentan con la ayuda de su madre para salvar el corto pero decisivo trayecto que va desde el agujero en el que nacen hasta la orilla del mar. La atenta mirada de los depredadores acompaña el instante más decisivo de sus vidas, ese en el que cientos de pequeñas tortuguitas corren lo más rápido que pueden hacia el agua para salvar sus vidas. Una vez más, nos encontramos ante uno de esos misterios de la naturaleza y la biología que pone en marcha otro de sus fantásticos milagros: las tortuguitas se ponen de acuerdo para sincronizar su eclosión, salir todas a la vez y asegurar así la supervivencia del mayor número posible de ellas.

Pero ¿Cómo es eso posible? Un grupo de zoólogos australianos ha desentrañado recientemente este enigma. En una extraordinaria demostración de conexión fraternal, los embriones de las tortugas se comunican entre sí -más allá de las diferencias de temperatura o metabolismo que determina su tiempo de desarrollo -sincronizando el ritmo de sus corazones. Estando todavía dentro del huevo, aquellos embriones más desarrollados marcan el compás de crecimiento de los más atrasados, los cuales adaptan el suyo para alcanzar el ritmo de las tortuguitas más maduras con el objetivo de conseguir nacer todas al mismo tiempo. Finalmente, es un aumento gradual y asombroso del ritmo del corazón sincrónico del grupo el que marca la señal del nacimiento compartido, que asegura en buena medida la mayor supervivencia posible de todo el grupo.

COMIENZA A FUNCIONAR

Tal y como demuestra la actuación de las tortugas aun estando dentro de sus huevos, el corazón ya es capaz de mostrar una especie de comportamiento inteligente e intencionado en los primeros estadios de su formación.

Embriológicamente, este órgano se constituye incluso antes que el cerebro, y es que el sistema cardiovascular es el primer sistema orgánico funcional del embrión. Su formación comienza ya en la segunda semana de gestación, cuando una pequeña masa de células musculares temblorosas va adoptando poco a poco el que será el ritmo de su canción, una forma de excitabilidad contráctil marcada por el latido del corazón de su madre, que irá coordinando el movimiento simultáneo de todas ellas. Desde el día 20 entra en funciones, y se hace visible con la ecografía a partir del día 23.

SIGUIENDO EL RITMO

El hilo de nuestra vida se ancla en el centro de nuestro ser, por eso es allí donde se encuentra el corazón, en el centro, como el Sol en sus sistema, lleno de voluntad y de poder, infatigable, irradiando su calor a través de los rayos de la red vascular hasta los confines de su tierra. La potencia magnética del corazón puede medirse a más de cinco metros, es cinco mil veces superior al órgano que lo sigue, el cerebro, así como su fuerza eléctrica es 60 veces más poderosa que la del órgano más importante del sistema nervioso. El corazón tiene su propio pequeño cerebro, unas 50.000 neuronas que forman un órgano sensorial y un sofisticado centro de recepción y procesamiento de información con capacidad de sentir y pensar de manera independiente. El patrón de información de los distintos estados emocionales es comunicado a cada célula del cuerpo a través del campo electromagnético cardiaco, que actúa como una onda portadora de información. El corazón gobierna el flujo de energía de todo el organismo, es el emperador del cuerpo, y el resto de los órganos son sus subordinados.

Una maravilla tiene lugar cuando un corazón permanece junto a otro: ambos se sintonizan y terminan latiendo al mismo tiempo y compartiendo su ritmo. La ciencia ha demostrado que es posible registrar el electrocardiograma (ECG) -o actividad eléctrica del corazón- de una persona, en el encefalograma (EEG) -o actividad eléctrica del cerebro- de otra, siempre y cuando esas dos personas estén cerca, y sobre todo si existe contacto físico entre ellas.

Desde el corazón, neuronas y neurotransmisores influyen en el cerebro en aspectos del pensamiento. El tacto y la concentración mental sobre el corazón producen una sincronización de las ondas cerebrales de las personas, haciendo que, cuando dos individuos se tocan al mismo tiempo que centran sus pensamiento en el corazón, el ritmo cardiaco más coherente comienza a sincronizarse con el del otro corazón. Si el ejercicio lo practican dos personas involucradas sentimentalmente, entonces el orden generado se multiplica por seis. Tanto las emociones negativas como las positivas pueden llegar a ser reconocidas a través de su patrón particular de variabilidad de frecuencia cardiaca (VFC). Las primeras (ira, frustración o ansiedad) se acompañan de ritmos cardiacos desordenados mientras que, por el contrario, las segundas (agradecimiento, amor o compasión) se asocian a patrones coherentes altamente ordenados.

CONEXIÓN ESPECIAL

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