Dr. Tomás Álvaro .- Médico Psicólogo

 

CONSCIENTE DE SU CUERPO

Si se favorece que el bebé intrauterino adopte la posición que necesita para nacer, se le está permitiendo poner en marcha sus propios mecanismos, los cuales determinarán en gran medida la evolución del proceso. De esta manera, el bebé es consciente de su cuerpo y puede empezar a tomar importantes decisiones desde el primer instante de su vida. Lógicamente, para entonces debe haber elaborado ya estructuras neurales, mecanismos fisiológicos y y estrategias de respuesta que tienen que estar preparadas y maduras para entrar en acción.

Esto es una realidad que se ha podido demostrar, pero a veces resulta más fácil ver el proceso cuando falla alguna pieza. Por ejemplo, recientemente los científicos han confirmado que el autismo tiene un origen prenatal, porque han observado que en estos casos se produce una interrupción del desarrollo de pequeñas áreas de la corteza cerebral durante la gestación, y cuando estos bebés nacen, su conciencia corporal y su capacidad de diferenciarse de los demás está deteriorada. En el caso de la esquizofrenia una gran variedad de estímulos ambientales prenatales, incluyendo infecciones, son capaces de alterar el desarrollo normal del cerebro del feto. No hay que olvidar que es en el embarazo cuando se forman, desarrollan y maduran una serie de estructuras y mecanismos de respuesta que entran en acción nada más nacer, durante el parto y posiblemente antes también.

BUSCAR TRANQUILIDAD

En este paso hacia atrás del reloj biológico inciden ahora los psiconeuroinmunólogos, quienes nos enseñan que los pensamientos, las emociones, el estado de relajación y el estrés de la madre en el embarazo serán decisivos para la formación de las estructuras neurales, las cuales se encargarán de regular los sistemas de equilibrio que garantizan un correcto funcionamiento del organismo a todos los niveles y para toda la vida.

El hipotálamo es una estructura cerebral clave porque su función es modular el sistema inmune, el endocrino y el nervioso, el triángulo de equilibrio homeostático del organismo. Durante la gestación, madre e hijo se comunican a través de la placenta, y por eso, cuando los niveles de corticoides y de adrenalina de la mujer aumentan ante una situación estresante, estas moléculas atraviesan la placenta y riegan las estructuras neurales del cerebro fetal en desarrollo, determinando así la estructura de regulación y el mecanismo de respuesta ante la adversidad. Resulta sorprendente comprobar cómo en situaciones en que ese mecanismo está estropeado -el ejemplo paradigmático es la fibromialgia-, la historia de la persona recoge importantes estímulos de estrés anteparto: madres solteras, hijas no deseadas, dificultades económicas o emocionales …

Y así empezamos a entender la relación entre los traumas de la madre y el riesgo aumentado de depresión en los niños que tienen entre tres y cinco años. Y que el bajo peso al nacer, también asociado a situaciones de estrés continuado de la madre durante la gestación, no solo determinará una respuesta inmunológica pobre en el recién nacido, sino que además se relaciona con un mayor número de enfermedades cardiovasculares e infecciosas en el adulto y en la tercera edad. En definitiva, no solo la enfermedad, el alcohol o las drogas de la madre serán determinantes ene el desarrollo neural del bebé intrauterino, sino que también lo será su ambiente emocional, sus traumas y sus preocupaciones, los cuales dejarán huella en el e cerebro que está en pleno proceso de formación y en el tipo de respuesta fisiológica que acompañará al individuo durante toda su andadura en la vida.

TERNURA Y RESPETO

La atención que ofrecen las madres a sus pequeñas criaturas desde el mismo instante en el que llegan a este mundo supone un inestimable elemento de protección frente al estrés en la edad adulta. Tanto la reactividad endocrina como las estrategias adaptativas del comportamiento de la persona se benefician de dichos cuidados. Y es que una conducta materna afectiva, llena de amor, respeto y compresión es capaz de compensar para el resto de  la vida, todos los efectos negativos que origine el estrés.

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