De los tres reinos a los tres cerebros.- Tomás Álvaro

Con la herramienta de nuestra intención-atención disponible se nos abre un auténtico mundo infinito de posibilidades. Tras el qué, necesitamos enfocar el para qué. Y la tecnología de la consciencia tiene en este caso un objetivo claro,  el de la labor de integración. El de alinear las partes más antiguas con las más modernas de nuestro cerebro. El incorporar de una forma consciente las zonas subcorticales a la más accesible y trabajada en nuestra sociedad occidentalizada y racional del córtex al servicio de la lógica y el intelecto. Realizar esa tarea con éxito implica comprender plenamente el objetivo, para lo que es bueno conocer un poco más el mecanismo con el que nos manejamos a nosotros mismos. Pero ya podemos adelantar las bases del ejercicio: solo con una parte del cerebro, aunque sea la más moderna y evolutivamente desarrollada, no conseguiremos el fruto de la integración. Esa es la evidencia a la que nos aboca la cruda realidad de nuestros días, la situación crítica de la sociedad y del individuo atrapados exclusivamente en el intelecto, el positivismo y la razón. Aunque solo sea por probar, a la vista de lo conseguido hasta ahora, parece imperdonable no conceder la oportunidad de integrar emoción e instinto al servicio de unos mejores resultados. Y esto es lo que justifica la inclusión de lo subcortical, ese 90% del iceberg bajo las aguas que representa nuestra sombra, nuestra parte no accesible, nuestro subconsciente activo, del que la ciencia nos recuerda una y otra vez que nos domina, que su influencia dibuja nuestro carácter y nuestra personalidad, que dependemos de el en los momentos críticos y decisivos de nuestras vidas. Y que nadie se equivoque, no se trata de dar un paso atrás. No encontraremos ayuda en la nostalgia de tiempos pasados, más simples y sencillos de manejar. Lejos de ello necesitamos dar un paso adelante que nos permita acceder de una forma eficaz a la complejidad de un nuevo momento evolutivo de la mano de la integración que permita que el intelecto se alimente de la intuición subcortical, y de que nuestros miedos y recuerdos traumáticos sean modulados de una forma eficaz por las estructuras corticales más modernas con capacidad para hacerlo.

Es por ello que necesitamos hacer literal el “conócete a ti mismo”. La anatomía del cerebro se asemeja a nuestras dos manos juntas y cerradas colocadas hacia abajo y recogiendo el pulgar en el interior del puño. Cada mano corresponderá a un hemisferio, mientras que la muñeca y el brazo representarán la médula espinal y cada uno de nuestros hemicuerpos, inervados por el hemisferio contralateral. En nuestros ancestros, el volumen cerebral pasó de poco más de medio litro de capacidad en el homo habilis hace más de dos millones de años, a un litro de masa encefálica en el homo erectus y a casi el litro y medio que el homo sapiens ha alcanzado en nuestros días.

Solo delfines y ballenas muestran cerebros de mayor capacidad que el nuestro, en donde es posible encontrar cien mil millones de células, más que el número de estrellas observables en el universo. Imaginemos las neuronas a nivel microscópico mirando nuestro propio brazo. La palma de la mano constituirá el cuerpo neuronal; el hueso el axón; el músculo y la piel, el envoltorio correspondiente a la vaina de mielina; los dedos las ramificaciones dendríticas, como un árbol sin hojas, que dota a la neurona la capacidad de conectarse con otras. Nacen así miles de millones de posibilidades de interacción que no serán agotadas en toda la vida de un ser humano. Y permanecen prestas a generar nuevas vías de conexión como representación estructural de cualquier aprendizaje, base del proceso de neuroplasticidad, que nos acompaña desde antes de nacer y hasta nuestro lecho de muerte.

Sobre este modelo anatómico, y las ideas ya vertidas por otros científicos, el Dr Paul MacLean apuntaló en 1970 la hipótesis de un  triple cerebro.  Tres grandes etapas de evolución, que se han ido adosándo una sobre la otra hasta conseguir el cerebro trino de los mamíferos superiores. Dice David Siegel que si volvemos al modelo de nuestras manos cerradas en un puño, estas tres partes principales corresponderán al tallo cerebral, la zona del talón de la mano, cerebro reptiliano de MacLean; el sistema límbico o cerebro emocional, el pulgar plegado sobre el centro de la mano, asiento del cerebro mamífero; y el dorso de la mano y los dedos, la corteza cerebral, el neocortex, el cerebro humano.

Vislumbramos así el camino andado por la consciencia bajo un soporte con la apariencia de vertebrados, mamíferos inferiores y superiores y finalmente el hombre. Y un código de comunicación e intención a la hora de basar propuestas de trabajo, de desarrollo y terapéuticas.

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