De los tres reinos a los tres cerebros .- Tomás Álvaro Naranjo

El cerebro reptil, respira en nosotros desde el fondo del tallo del encéfalo. El cerebro más antiguo, el reptil dentro de nosotros, el origen de la reactividad y la supervivencia. La sede de los automatismos, origen de la reacción de lucha y huida y punto de control de los niveles de energía, sistemas motivacionales y el impulso de actuar. Responsable de que nuestro corazón lata, nuestros pulmones respiren y nuestro intestino se mueva. Nos enlaza de forma refleja con el entorno, a favor de la supervivencia, disparando el movimiento automático de retirada ante demasiado calor que quema, o produciendo un movimiento involuntario de protección ante la aproximación del objeto amenazante y peligroso, podría ser una lanza asesina, o tal vez una juguetona pelota. Siempre alerta, el reptil no descansa nunca. Alerta durante el sueño profundo, automatiza reacciones instintivas reflejas, aloja el origen de las conductas obsesivas y los comportamientos rituales. Controla las funciones viscerales de las que depende la vida, la función cardiaca, vascular, pulmonar o intestinal, bases de la lectura con las que ya no el cerebro, sino la mente cargada de significado, elabora nuestro estado emocional y nuestra actitud corporal en la sociedad estresada de nuestros días. El reptil no se deja mandar fácilmente, rechaza la regulación superior y la nostalgia, el regreso al hogar, y las funciones instintivas más primitivas brotan desde aquí sin control. Pero a la vez muestra su sencillez y su inocencia cuando se deja amansar por la respuesta de relajación, se muestra tierno y  abierto a servir de cuna de la paz y con una gran serenidad y poder actúa como fosa sedimentaria del pasado ancestral.

El cerebro mamífero, cerebro emocional, el cerebro propio de los mamíferos inferiores en nosotros, es el lugar donde la interacción con el exterior y el interior es dotada de significado. El sistema límbico, el hipotálamo, la amígdala o el hipocampo, dan asiento a las funciones de regulación, el manejo del miedo y el ensamblaje de recuerdos. Como dócil animal intenta disponerse bajo el control de su dueño, la corteza cerebral, pero cuando el volcán del sistema límbico se incendia y arroja su lava, esta alcanza directamente el habla y la acción, sin fuerza ni control capaz de detenerla.

Nuestra personalidad, las respuestas emocionales, el aprendizaje y la memoria, laten entre los pliegues de este cerebro, lugar desde el que vivimos el presente, asiento de las vibraciones amorosas, las más altas que el cerebro genera. Y diana principal de la respuesta de estrés, que a través de la secreción de corticoides bloquea el hipocampo y favorece la respuesta amigdalar,  determinando respuestas emocionales primarias y automáticas. Quien sabe si algún día, en nuestro lento caminar evolutivo la amígdala cerebral será domesticada por el córtex cerebral. Todavía hoy, inmersos en un proceso continuado de humanización, la corteza cerebral está en la fase de aprendizaje que le permita controlar la emoción primaria del sistema límbico y el tallo cerebral.

Y el hipotálamo, centro de comando privilegiado, que ejerce la responsabilidad principal de la función reguladora de los sistemas endocrino e inmune. Conectado muy especialmente con el exterior, con los factores psicosociales y las experiencias traumáticas, que se verterán así en el organismo, directamente, en forma de una cascada de hormonas y citocinas inflamatorias que regarán la mucosa intestinal, el corazón y cada rincón de nuestro organismo. Es el hipotálamo el enlace directo entre emoción y materia, el escribano que con la tinta de las moléculas de la información dibujará la experiencia en el cuerpo. El escultor que conduce la forma de encarnar la vivencia en un cincelamiento de actitudes y posturas que constituyen ya sea la apariencia física ya sea la  coraza que esconde traumas y miedos en forma de memoria celular en cada rincón de la materia.

El cerebro humano, representado por la corteza cerebral, el dorso de la mano y los dedos del modelo de Siegel, se ha desarrollado hasta ocupar casi las dos terceras partes del cerebro, y es el lugar de asiento de la consciencia corporal, desde donde integramos el mapa físico, las sensaciones y percepciones, como el tacto en la corteza somato sensorial, el movimiento en la corteza premotora y sobre todo y especialmente el papel modulador central de la corteza prefrontal, artífice de la regulación corporal, la comunicación y equilibrio emocional, la flexibilidad de respuesta, la modulación del miedo, la empatía, el autoconocimiento, la conciencia moral y la intuición. Esta es la zona que continúa en desarrollo en la actualidad, la punta de lanza evolutiva, la adquisición de nuevas y desconocidas funciones, hacia dentro y hacia fuera del campo de energía e información vital. Las áreas sociales del cerebro radican aquí, la última en madurar, de forma que el cerebro adolescente y del adulto joven, hasta los 25 años,  no dispone de su función integradora de forma plena, la planificación, la empatía, el altruismo y la motivación. Sus conexiones con el resto de la corteza y también con el cerebro antiguo, subcortical, y con áreas para el cuidado de la prole la hacen única como elemento de humanización en nosotros. Si seguimos evolucionando como humanos es gracias principalmente al crecimiento de estas áreas neocorticales, la mayor parte de los hemisferios cerebrales, el cerebro de los mamíferos superiores y de los humanos. De la complejidad de sus conexiones neuronales brotan el nacimiento del lenguaje simbólico y el pensamiento abstracto, la identificación propia y el autoreconocimiento.

Si el tallo cerebral, el cerebro del reptil, está relacionado con el pasado, la paz y la respuesta de relajación…, y el sistema límbico, el cerebro mamífero, lo está con el presente, la posibilidad de expresar amor y la respuesta de excitación…, el encargado de relacionarnos con el futuro, la libertad y principal instrumento de predicción en nuestras vidas, el cerebro humano en definitiva, asienta en el neocortex, principal bastión de nuestra humanidad.

En el despliegue de este cerebro, cuanto más abstracta y simbólica es la representación, más arriba y hacia delante se dispone en el córtex. Por eso es el lóbulo frontal el que alberga la capacidad neural de percibir cosas que no se encuentran en el mundo físico y donde se abre la puerta a recoger nuevas percepciones y cogniciones que ponen a prueba nuestra condición de humanos en pos del escalón evolutivo siguiente.

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